lunes, febrero 20, 2012

NUESTRA VEDETTE
Diosa Canales está buena. ¿Cuál es el problema con que lo diga de manera tan poco poética, si es cierto?

Lo raro de este personaje comienza para mí cuando trato de ver qué hace, aparte de ejercitarse para seguir estando buena. No hace nada. No canta. No baila. No actúa. No hace pornos (Asia Carrera estaba buena, hacía pornos y tocaba piano. De Asia podemos afirmar que hacía de todo).

En honor a la verdad, hay que decir que Diosa es una maestra en promoverse a sí misma a través de la red. Ella es, a la vez, producto y vendedora, alfa y omega comercial, un desdoblamiento milagroso que hoy es posible gracias a esas hornacinas del exhibicionismo que son twitter y facebook.

Diosa (¿en serio se llama así?) es conocida en Venezuela porque está buena y porque sabe autopromoverse como pin-up girl contemporánea. Que se desnude en público no me molesta ni me escandaliza ni me provoca quejas de ningún tipo; al contrario. Ahora, lo que más me llama la atención de este personaje es su osadía y su sentido de la oportunidad.

Fíjense: en los primeros días de enero, Diosa fue a la cárcel de El Tigre, se retrató con los reos, les llevó afiches autografiados, los invitó a que siguieran su cuenta twitter y a que se comunicaran con ella a través de su PIN. El año pasado posó desnuda en la versión venezolana de la famosa publicación de Hugh Heffner y publicó un libro. Cada quince o veinte días asiste, como invitada, a programas de radio en los que se quita las bragas y se las ofrece como trofeos a los oyentes. Al menos una vez a la semana sacude la red local con una sentencia provocadora sobre sexo y moral que se destaca entre los miles de mensajes gastados y truculentos que circulan en nuestro país. Cada tantos días difunde una nueva foto con o sin ropa, tal como es ella: enana, voluptuosa, un poco virola, inteligente, sexy…

Perdonen si les parece que exagero, pero el uso que hace Diosa Canales de los medios con que cuenta, me hace verla como una discípula perdida de Andy Warhol.

Aunque no baile ni cante (y probablemente tampoco sepa quién fue Andy Warhol), Diosa es la diva de su propio espectáculo; una artista en un tiempo en el que lo importante del arte se encuentra más en el saber exponerse que en el saber hacer. Ese es su detalle más perturbador, sobre todo si lo contrastamos con el país extravagante en que vivimos, un país en el que mucha gente cree que el silicón y la depilación son las llaves de la fama y del éxito, aunque no se recite el monólogo de Ofelia sobre las tablas ni se sepa sacar una raíz cuadrada ni se haya leído un libro jamás.

Si asumimos como cierto que cada artista es reflejo de su sociedad, el ejemplo de Diosa Canales nos dice que vivimos en un lugar donde lo que importa es mantenerse bellos, «saber moverse» y trepar y trepar y trepar hasta donde la ambición y la vergüenza lo permitan.

Lo demás no interesa o le interesa a unos cuantos que andamos por ahí, cansados de la locuacidad (y de la buena suerte) de las estrellas de nuestra farándula.

viernes, febrero 10, 2012

TRÍPTICO MORAL
¿Qué se hace con la maldad que se ha visto, que se ha padecido en carne propia, que se ha propinado a otros, que se ha intuido o que nos han contado? La respuesta es sencilla: se le mantiene colgada de la memoria, se le olvida o se le transforma en algo útil a través del arte.

El mal existe y, aunque buena parte de nuestro mundo luche todos los días por disolver lo que queda de la moral, cualquier persona sensata estará de acuerdo en afirmar que el mal, en su definición más sencilla, consiste en infligirle, a propósito y de manera artera, daño, dolor, pena, desgracia y horror al prójimo. Gente que haga eso sin mayores miramientos hay de sobra en este planeta. Así que el mal existe. No se hagan los desentendidos ni se crean superiores porque se han leído tres o cuatro libros.

La existencia de la maldad y de sus infinitas y posibles encarnaciones, podría ser la idea medular de estos monólogos agrupados en el volumen Lo escuché llorar en mi boca. Tríptico de Caracas. Quien se acerque a estas obras tendrá la oportunidad de conocer (si es que no las conoce ya) tres concreciones del mal a la venezolana. En la primera, la que le da el nombre al libro, el lector se encontrará con la confesión de una mujer presa. En la segunda («Bang»), un sicario otoñal cuenta detalles de su oficio. En la tercera («Venezuelan standoff»), asistimos al monólogo de la mujer que cree estar participando en un juego de seducción.

Si con la presentación somera de estas historias no les basta para creer en la idea que las motivó, obsérvese la dedicatoria que se encuentra en el pórtico del libro. Que las páginas siguientes estén dedicadas a San Ignacio de Loyola, soldado de la fe católica, fundador de la Compañía de Jesús y héroe de la contrarreforma, parece ser una confirmación de que esas páginas fueron escritas para que conozcamos algunas concreciones del mal, meditemos y aprendamos a defendernos a partir de ese conocimiento. En ese sentido este libro podría concebirse como una serie de ejercicios espirituales en los que se nos muestra una ristra de males (el maltrato a la mujer, la «ética» del asesino y el engaño como piedra angular de las relaciones interpersonales) para que sepamos de su existencia y comprendamos que no somos inmunes a su influjo. Cada monólogo contiene una traca de situaciones extremas que pueden molestar al lector demasiado sensible o a ese que cree que la vida es un sinfín de nubes felices porque nunca supo o se le olvidó que el horror está a la vuelta de la esquina.

Más allá de las anécdotas particulares de cada una de las historias de este Tríptico de Caracas, hay algo que sorprende y que llama a la admiración. Se trata de la naturalidad con la que se expresan sus personajes, de la normalidad con la que cuentan sus vidas y sus pareceres, las bajezas, las abominaciones en las que han estado o están inmersos. Evidentemente, esa manera de confesarse, tan profunda, tan reveladora de la manera de ser más íntima de cada personaje, pertenece al talento inobjetable y sorprendente de Joaquín Ortega, el autor de estos monólogos audaces.

Si alguien se viera en el aprieto de definir la fuente de ese talento, de esa capacidad para crear personajes tan reales y a la vez tan emblemáticos de un tiempo y de una realidad particular, debería empezar por decir que en Joaquín bulle una inquietud que encuentra su cauce en la multiplicidad de actividades que realiza (Joaquín estudia un doctorado en ciencias políticas, conduce un programa de radio, escribe artículos para periódicos y revistas, es un consultor político y creativo…). Esa inquietud tiene que ver con una habilidad natural para observar y analizar su entorno, y dejar constancia minuciosa de sus detalles tanto auspiciosos como terribles, tanto particulares como universales. En Joaquín se combinan con pasmosa armonía el sentido del humor y el sentido trágico de la vida, la habilidad para producir la caricatura verbal más grotesca y la altura para expresarse con una elegancia absoluta, la capacidad de usar un lenguaje lleno de referencias eruditas y de hablar con la sabiduría que otorga la calle. Esa combinatoria de elementos disímiles es el secreto de estos monólogos; lo que les da profundidad; lo que los hace tan poderosos y desconcertantes.

Cuando todos los que conocemos a Joaquín, tuvimos noticia de este libro, esperábamos algo que llamara a la risa y a la alegría de vivir, pero en cambio recibimos la vastísima sorpresa de un pequeño y concentrado volumen lleno de dramas morales capaces de golpearnos donde más nos duele y de ponernos a pensar en esas cosas que no nos gusta pensar todos los días.

Este Tríptico de Caracas representa no sólo un gran momento en la escritura de Joaquín Ortega, sino un llamado de atención contra la ligereza que se ha esparcido por el mundo con la volatilidad de un gas venenoso.

Aunque duela, hay que leerlo.

miércoles, febrero 08, 2012

HISTORIAS DEL HORROR LABORAL CONTEMPORÁNEO
Sandro Chia; Cabeza
Primera
El jefe del jefe lo llama para decirle que debe despedir a media nómina porque en el último semestre se vendió un cuarenta por ciento menos que el año pasado y eso hace insostenible la situación de la empresa tal como está.

El jefe le pregunta a su jefe si, a pesar del régimen de inamovilidad laboral que decretó el gobierno, la empresa puede darse el lujo de salir de tanta gente.

El jefe del jefe le contesta que sí, que en el banco hay dinero suficiente para ofrecerle a cada empleado una jugosa compensación a cambio de que renuncie.

El jefe mira a su jefe y se queda en silencio.

El jefe del jefe le pregunta que qué le pasa.

El jefe le dice a su jefe que nada, que se quedó pensando en que si hay tanta plata disponible para pagar esas liquidaciones, entonces la situación no está tan mala y quizás se pueda hacer algo para no tener que salir de tanta gente.

El jefe del jefe le dice que no lo joda y que vaya a hablar con el jefe de recursos humanos para iniciar los trámites de la operación despedida.

El jefe sale de la oficina de su jefe cabizbajo; no entiende por qué la empresa no invierte en otra cosa el dinero que pagará en liquidaciones. Pero pronto se dice a sí mismo que esa empresa no es suya y que mejor hace lo que tiene que hacer y ya.


Segunda
La secretaria del jefe oyó lo que se dijo en el directorio; sabe que la compañía saldrá de buena parte del personal.

Esa mañana no se siente bien. Le duele algo que no sabe qué es, pero ella dice que es la cabeza.

Ella mira a sus compañeras de administración, a los muchachos de ventas, al gordito de sistemas, a la señora que limpia, al asistente del abogado, quien, de paso, es buen bailarín, a la gente del almacén…

Y lo que le duele, le duele más, pero no dice nada. Se queda en su puesto y empieza a hacer su trabajo.


Tercera
El jefe la invita a sentarse, le habla de lo dura que está la cosa y que por eso mismo, porque la cosa está dura, la empresa decidió prescindir de sus servicios, pero que, como ella y todo mundo sabe, hay un decreto de inamovilidad laboral por lo que no la despedirán, sino que, a cambio de una buena compensación económica, ella deberá firmar su propia renuncia.

Durante todo este discurso la mujer ha permanecido en silencio y con el rictus de quien piensa en hijos, deudas y en todo lo que cruza la mente al tiempo que un inútil en corbata te dice que la empresa debe prescindir de tus servicios.

Ella no lo mira. Mira el cuadro que está detrás de su silla sin decir palabra ni mover un músculo de su cara. Él habla y habla sobre lo dura que está la situación económica, sobre lo difícil que es mantener el barco a flote. De pronto, cuando las metáforas marineras se agotan y la oficina queda sumida en el silencio de esos casos, ella lo mira a los ojos y le pregunta:
—¿Cuánto me van a dar?
—Ciento cincuenta mil bolívares.

Ella sigue en silencio. Mira otra vez los colores horribles del cuadro abstracto que parecen traducir a manchas lo que le dice el jefe.
—Es una buena compensación… Por seis años de trabajo es una buena compensación… La economía va mal… La empresa tiene que adaptarse… Pero no es una mala compensación… ¿Qué te parece?

La mujer se queda en silencio. Cierra los ojos, toma aire y mira fijamente al inútil de su jefe.
—Es muy poca plata.
—¿Poca?
—Hay inamovilidad laboral…
—¿Ciento cincuenta mil? ¿Poca plata?
—Yo vivo en un refugio desde el año pasado. Las lluvias se llevaron mi casa. Ustedes me compran otra casa y yo, con todo gusto, les firmo lo que ustedes quieran.
—¿Una casa? Eso es una locura…
—Una casa por mi firma. Ustedes verán.
—Pero eso no se puede.
—Bueno —en ese momento ella se levanta—, entonces nos vemos mañana, jefe. Y tranquilo, que yo no le digo nada a nadie.

Y salió tranquila, pensando en que si al día siguiente el jefe la vuelve a llamar, le repetirá que quiere una casa y, además, le dirá que tiene casi tres meses de embarazo.


Cuarta
Willy no está contento.

En los tres últimos meses vio cómo botaron a casi todos sus compañeros de trabajo.

Vio también cómo, a pesar de que los cesantearon, se fueron relativamente contentos porque los indemnizaron muy bien.

Luego de conversarlo con su insomnio de tres noches, había decidido proponerle a su jefe que lo botaran a él también.

El jefe le dijo que no; que si quería irse, que renunciara, pero que a él no lo botarían ni le darían ninguna compensación económica; que si se iba por su propia voluntad, le saldría su liquidación simple, como lo estipulaba la ley.

Willy no está contento.


Quinta y última
Estar desempleado es horrible. Las horas corren lentas y se siente envidia de los que van de un lado a otro, yendo al trabajo, viniendo del trabajo, tratando de llegar temprano a todas partes.

Eso lo entiende ahora el ex cobrador de la empresa que ahora tiene seiscientos cincuenta mil bolívares en su cuenta de ahorros, pero no haya qué hacer con sus días.

Tal vez pague algunas de sus deudas y se asocie con su cuñado para abrir un kiosco de periódicos en alguna esquina.

Quién sabe.