LA CARRETERA
Anoche terminé de leerla. ¡Qué gran novela!
A simple vista, La Carretera trata sobre el viaje de un padre y de un hijo por un país devastado. Como todo ocurre en un mundo yermo y ceniciento en el que la gente se come a la gente, es muy fácil creer que estamos ante otra historia apocalíptica del tipo Mad Max. Yo mismo confieso haberme preguntado más de una vez por qué Cormac McCarthy contaba otra vez un relato que ya contaron Stephen King en Apocalipsis y en Cell, Ray Bradbury en sus inolvidables Crónicas marcianas y hasta Vittorio De Sica en aquella película protagonizada por Sophia Loren titulada Dos mujeres. La respuesta más seria que encontré tenía que ver con que los escritores sienten cada cierto tiempo el deber de reinventar y actualizar el mito del apocalipsis justamente para que a ningún demófago real le dé por desatar los demonios de la abominación universal y freírnos a todos en un instante irrepetible. De Virgilio al soldado Ryan, pasando por Goya, la mejor manera de combatir las guerras ha sido hablar sobre las desgracias que cada una trae consigo.
Sin embargo, cuando terminas de leer La Carretera, te queda un sabor extraño en la boca y es porque te das cuenta de que leíste una metáfora de 210 páginas en las que el apocalipsis no era lo más importante. Al final, la novela no trataba sobre un padre y un hijo caminando por un mundo quemado por una guerra mundial. Al final leíste una obra que trataba sobre cómo todo padre le insufla vida a su hijo, lo enseña a mantener ese hálito, a sobrevivir y a convertirse en una persona que tendrá que tomar sus propias decisiones. Este libro, ¡maldita sea!, trata sobre cómo el deber de cada hombre es mantener la vida y propiciar que ésta continúe en el futuro a pesar de la inexorabilidad de su fin, de las circunstancias adversas que la rodean y de todo cuanto se oponga a que la Vida (con mayúsculas) siga su curso por los siglos de los siglos.
La Carretera, que es la metáfora de la vida (un laberinto con curvas, rectas, barrancos, caníbales de toda pelambre emboscados en los recodos y en las cunetas), es una alegoría de cómo cada ser humano no puede sustraerse a ese deber. De ahí emanan la grandeza de esta novela y la razón por la cual nos ha conmovido tanto.
LITERATURA Y LIBERTAD
0. Obertura estúpida.
La estupidez es una segunda sombra que anda detrás de cada ser humano; es una bestia que, al menor descuido, se apodera de las personas y las vuelve ceniza.
En esta época la estulticia se manifiesta de muy diversas maneras. Serénate un instante y verás sus devaneos proteicos. Verás una crisis financiera mundial, un desastre ecológico por aquí y otro más allá; una carnicería en México, otra en Osetia o en China (da lo mismo); verás candidatos que discuten sobre temas que no entienden ni les interesan; verás un juicio por un maletín lleno de dólares en Miami, una señora que anda para arriba y para abajo con el turbante de Voldemort amarrado a la cabeza… Verás de todo y todo será banalidad vestida de perversión.
La literatura es una de las pocas armas que existen para luchar contra la necedad generalizada. Así fue en el pasado, es en el presente y será en el futuro. Por eso, entre muchas circunstancias, es un objeto al que mucha gente detesta. Como les recuerda o les hace ver sus estupideces, muchos la odian y no asumen el esfuerzo que supone enfrentarse a un libro.
1. Lectura, crítica y democracia.
La literatura es un ejercicio consustanciado con la libertad. Lees lo que quieres, al ritmo que quieres, te imaginas a los personajes como quieres (o como puedes), dejas el libro si te da la gana, hablas de él o no... Si lo deseas, puedes escribir grandes dramas sobre el ser humano, comedias, novelas de aventuras, ensayos sobre un tema que te perturba o sobre el que crees que puedes decir algo interesante... ¿Lo ven? La literatura y la libertad van unidas.
Así como la literatura está consustanciada con la libertad, el amor por los libros y por la lectura nos emplaza a tener un pensamiento democrático. Como todo lo que leemos nos pone a pensar y a emitir opiniones, no nos queda otro remedio que oírnos unos a otros con respeto. De nada sirve ponerse a pelear porque a ti te parece que Coetzee es mejor que Pamuk o porque alguien opina que Bradbury tiene una prosa demasiado relamida. Nadie golpeará a nadie porque a Fulanito le guste más Dostoievski que Tolstoi o porque a Pepita le agraden más las novelas de vaqueros que los mamotretos de Roberto Bolaño. Como los libros se conectan de muy distintas maneras con cada uno de nosotros, no tiene sentido que creamos que uno es mejor que otro o que tal o cual autor es «El Autor». Cada novela, cada cuento, cada ensayo, cada poema, cada obra de teatro, cada crónica, cada artículo, remueve algo de nuestra pequeña y singular historia. Por eso lo que las letras producen en nosotros es intransferible. Podemos comunicar lo que opinamos o lo que sentimos al leer algo, pero no podemos traspasárselo a otra persona. Mucho menos podemos imponérselo ni convertirnos en árbitros de lo que debe o no debe ser la literatura. Eso es estúpido y antidemocrático.
Como ustedes saben (si es que lo saben), en mi país ocurre un desastre que podríamos cifrar en un millón de anécdotas perversas que no vale la pena recordar aquí porque perderíamos nuestro tiempo. Sin embargo, hay que decir que la literatura no está exenta del peligro que agobia a la sociedad venezolana. Ese peligro, damas y caballeros, es una voluntad totalitaria que no sólo se expresa a través de los caprichos de un malhablado mandarín, sino en la estúpida necesidad que tienen muchos venezolanos de dominar, de creer que su visión del mundo, del arte, de la literatura, de la vida, es la que es y ya, los demás que se hundan o desaparezcan.
Entre nosotros, los que nos solazamos entre páginas impresas, hay muchos mandamases, muchos rectores del gusto ajeno, muchos tiranos que tratan de imponer sus gustos, como si éstos fueran la hostia. Salgan de aquí y lean los foros de literatura que hay en Internet. Entren a los blogs en los que se comentan libros. Observen cómo se denuesta, cómo se insulta, cómo se hace burla (casi siempre desde el anonimato) de quien piensa diferente, de quien no entra en el rebaño de los que dicen que tal o cual novela es buena o mala. Esos espacios demuestran una voluntad no democrática, una ausencia de diálogo, un deseo de aplastar o denigrar al otro porque piensa distinto. Eso, señoras y señores, al menos en mi país, se conecta con la presencia de un espantapájaros boquiflojo rigiendo las vidas de los venezolanos.
La literatura es un espacio en el que coexisten muy distintas corrientes de pensamiento. Así que es natural que haya polémicas, que se discuta, que se critique y que se argumente. La única condición para hacer de ese intercambio un diálogo provechoso para todos es el respeto mutuo, la tolerancia a las ideas ajenas aunque no las compartamos o no nos interesen.
No hay una sola manera de escribir. En realidad, ninguna manera es La Manera. Ningún autor es El Autor. Así que Borges, Cervantes, Piglia o cualquier otro santo recién canonizado, pueden irse a la playa o adonde le plazca.
2. El mundo y la literatura están llenos de distopías.
A un loco llamado Platón se le ocurrió imaginarse una república perfecta. A San Agustín, otro loco, se le ocurrió imaginarse una ciudad de Dios. A Tomás Moro (que no se quedaba atrás en cuanto a locura) también se le hizo fácil creer que podía imaginarse un lugar ideal donde viviría una sociedad ordenada a la perfección, y claro, a partir de ahí, cuanto dementado con dotes de político y orador que haya existido, se ha puesto a diseñar su propia utopía para proponérsela a los demás.
Lo malo de esos oradores alucinados es que cuando unos cuantos los siguen y les dan importancia, se sienten con el poder suficiente para imponerles sus ideas a otros. Así hemos tenido «soñadores» como Napoleón, Hitler, Stalin, Mussolini, Franco, Kim Il Sung, Tirofijo, Jim Jones, los talibanes y otros muchos, cuyos sueños les prodigaron pesadillas horribles a millones de almas.
Así son las distopías: surgen como modelos utópicos diseñados para prodigarle la felicidad casi absoluta a una sociedad, y luego, cuando aquello que lucía tan bello en el papel se torna irrealizable por las buenas, el soñador deja ver su verdadera faz. ¿Les suena conocido? Supongo que sí. Resulta difícil no darse cuenta de que en nuestro continente más de una utopía se volvió negativa. En mi comarca, por ejemplo, el mandarín habla con voz melosa de sembrar un sistema que prodigará infinitas bondades, pero la verdad es que la patria cada día está más fea, más violenta y más destartalada. Y si sus habitantes protestan… Si protestan, no hace falta decir lo que ocurrirá.
Yo no sabría qué nombre ponerle a eso que ha ocurrido, y que ocurre, en mi país si no hubiera leído 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz, Diario de la guerra del cerdo o El señor de las moscas. Si no hubiera visto Terminator, El planeta de los simios, V de Vendetta, Children of men, Alphaville, Metropolis, Gattaca, Matrix o WallE entendería menos. Si no me gustara leer novelas ni ver películas, no entendería el sentido de las barbaridades que suceden todos los días en este continente y, en especial, en mi patria malhadada. Cuando sabes que vives en una distopía violenta y absurda a la vez, se te abre la oportunidad de evitar que las aguas mefíticas te arrastren hacia la laguna Estigia.
Para eso sirve la literatura: para ayudarnos a comprender nuestra propia vida.
3. Por qué no soy comunista
Nunca me gustó el comunismo. Que un buró se arrogara el derecho a imponerme su concepto de la vida y de la felicidad siempre me produjo arcadas. ¿Quién es, qué hizo, qué fuerza extraordinaria dotó a ese hombre o a ese partido para decidir que yo debo compartir con otros todo lo que tenga o adquiera a lo largo de mi existencia? Nadie. Al menos quien les habla no les concede ninguna autoridad para decidir por él qué debe pensar, qué debe querer o cuánto debe ganar por sus múltiples ocupaciones.
Por si fuera poco, nunca me agradó la pinta de los apóstoles que trataron de iniciarme en esa religión. Que unos tipos malbañados, con boinitas y barbas de tres o más días, vinieran a hablarme de Marx, de Stalin o de la Teología de la Liberación, nunca me pareció serio. Para serles sinceros, me apartaba de ellos porque no me gustaba lo que decían y porque si me quedaba cerca, como mínimo, me iban a pegar su olor a creolina.
Y que conste: no pertenezco a ningún grupo que los rojos de aquí o de cualquier parte detesten. No soy cursillista, no soy del Opus Dei, no soy mormón, Testigo de Jehová ni evangélico. Tampoco uso camisas deportivas con nombres de jugadores en la espalda ni oigo reguetón ni sostengo a ciegas ninguna fe ni ninguna patria. Yo lo único que defiendo, damas y caballeros es una sola cosa: mi libertad. Libertad para decidir (sin que esto signifique la ruina ni el mal de otros) qué es la felicidad para mí, en qué debo trabajar, en qué debo invertir los beneficios de mis ocupaciones, con quién debo hacer negocios o trabar amistad... Ser libre para pensar lo que me dé la gana, para escribirlo y exponerlo sin que por ello me manden a una jauría de hienas fosforescentes.
No soy comunista porque detesto andar para arriba y para abajo con un gentío. Odio sumarme a las ideas de otros. Yo tengo mis propias ideas y, si son malas, no me interesa. Ya me las arreglaré cuando me equivoque. Me gustan la soledad y la libertad, dos circunstancias cuyos nombres terminan en «dad» y que se acomodan bien con lo que más me gusta hacer, aparte de ganar dinero: escribir.
Soy orgulloso; muy orgulloso. Nadie me ha regalado nada, así como no se lo regalaron a mi abuela ni a mis papás.
Escribo por eso mismo: porque soy orgulloso. Un escritor se mueve en la franja muy tenue que se forma entre un orgullo gigantesco y una capacidad autocrítica formada al calor de los libros que lee, de las películas que ve, de las obras de arte a las que se acerca, de las conversaciones que tiene, etcétera, etcétera.
No me gusta el comunismo. Es un sistema de gente floja y de mal gusto que, para poder gobernar, tiene que imponerse por la fuerza, por la trampa o por el viejo truco del chantaje basado en que ellos hacen lo que hacen dizque porque aman al prójimo… Yo amo al prójimo sin necesidad de ser comunista. Les deseo el bien a ustedes que me oyen, a los que están allá fuera y a la humanidad toda, sin seguir los dictados de ningún buró ni de andar adorando guerrilleros.
Y que conste: los extremistas de derecha nunca me han gustado. Esa gente no quiere al prójimo ni a nadie. Sólo se quiere a sí misma y al contenido de sus arcas. Por eso me alegra que siempre haya alguien que los ponga en su sitio. En realidad me alegro cuando los brutos reciben su merecido y terminan con la cara llena de morados. Detrás de todo extremista de izquierda o de derecha está el mismo germen de brutalidad e intolerancia del que hablamos hace rato, ése que se expresa en blogs y en foros de literatura y que hace indignarse a algunos porque a ti no te gustó tal o cual novela.
No soy comunista porque me formé oyendo a Iron Maiden y a Judas Priest; porque he visto en vivo y directo, y en las páginas de cientos de libros, infinidad de obras de arte que me han llevado a pensar que nada que sea grande —grande de verdad— nace porque una ley o un capricho lo digan. Todo lo que vale la pena se gesta en libertad, con mucho trabajo, con mucho sacrificio y a solas, sin una parásita multitud repitiéndote a cada rato lo que el líder dice, lo que el líder quiere, lo que el líder ama, lo que el líder representa, lo que el líder es y demás basura.
Un escritor, damas y caballeros, es un artista, un aristócrata de las formas, un rey en su mundo minúsculo, un monstruo que vive en su propio espejo.
Compartimos tiempos oscuros. No hablar de la resurrección de viejos fantasmas ni advertir que la literatura es uno de los terrenos donde debemos pelear contra ellos, son dos irresponsabilidades con las que, al menos quien les habla, no piensa cargar. Por eso, damas y caballeros, acaban de oír lo que acaban de oír.
Muchas gracias.
LOS OTROS NOMBRES
En esta época no se cultivan los buenos modales. Basta y sobra que te montes en un autobús o que aguces los oídos en la calle, para que oigas cómo se trata la gente. En lugar de llamarse por sus nombres o por los apelativos respetuosos de señor o señora, nuestros contemporáneos se refieren a sus congéneres con los nombres más extraños.
Sopesobre, pestañepobre, carepastilla, cabecechupón, orejegoma, bodegueburro…
Los motes tienen la particularidad de superponerse a la presencia de las personas. Por lo general, el apodo con que se conoce a equis individuo refuerza una característica de su físico o de su personalidad, logrando que se le conozca no por quién es en verdad, sino por cómo lo perciben sus semejantes. De ahí que a estos remoquetes se les llame «sobrenombres».
Cabecetornillo, bolsemonte, boquecierre, boquelavadora, besejirafa, carecrepúsculo…
A veces a los sobrenombres deberían llamárseles «sobrepersonalidades». Hay gente que forma toda una vida paralela a partir de su alias. Pregúntenle a los malandros, a los Djs, a los artistas de cine y televisión, a las monjitas y a los superhéroes. Todos usan nombres que no son sus nombres. Todos se llaman como se quisieran llamar o como los rebautizaron en sus respectivos oficios.
Rodilleyuca, chicharrondelobo, pecheanime, espaldeiguana, rabepera, boquevidrio…
Mis amiguitos y yo le pusimos «Peluca» a un pana cuya mamá le mandaba a cortar el pelo en forma de totuma. Mi papá tenía un amigote tartamudo al que sus compañeros de tasca llamaban «Flipper». Mi hermano tiene un amigo al que llaman «Peloemuñeca»… Todos le hemos puesto un mote a alguien o nos hemos hecho eco del apodo que otros le han puesto. Somos un país ebrio y dado al jolgorio que se forma cuando un fulano descubre un defecto o una cualidad de un compañero de juerga. Ahí, en ese tumulto de risas y tragos, surge el clima adecuado para que ese descubrimiento sea el preámbulo de un sobrenombre que durará toda la vida.
Narizeniple, braceaire, botellepeltre, carepabilo, caretriángulo, carechicle, bigotenutria, boquetiza…
Es curioso que la gente a la que le acuñan un apodo, por lo general no proteste ni proponga un duelo o una golpiza para defender su honor. Es muy común que «bolavieja» se quede «bolavieja» y que «cabecemango» se quede «cabecemango» con todo y contracción.
Totumegoma, carevena, narcogrifo, boquecompota, peluqueburro, nariz eléctrica, ojezombi, carehumo, nalgueagua…
Quizás haya que preguntarse qué tenemos en la cabeza los venezolanos, por qué nos la pasamos diseñando disfraces verbales para los demás y por qué la gente acepta que la llamen por un apelativo distinto al que le pusieron sus mayores. Hay algo interesante ahí: un placer fatuo parecido al que ve estallar fuegos artificiales en un cielo oscuro. Diseñar motes, poner motes, oír motes tiene algo de pirotecnia, de juego fugaz y divertido. En este país somos adictos a ese divertimento. No hay gordo, jorobado, gago ni mujer bigotuda que se salve.
En cada oficina hay un «barrigueplastilina». En cada restaurante hay un «patilleprócer». En cada hotel hay un «letremocho». En cada edificio hay un «plastezamuro». En cada panadería hay un «guerrillerecloset». En cada clínica hay un «caretetero». En cada escuela hay un «orejehicaco»… O algo parecido. En todas partes hay alguien que lleva un nombre sobre su propio nombre, un sustantivo sobre el sustantivo de su propia vida, una caricatura, una exageración…
Bembetigre, narizetotuma, ojearena, bracepicó, careventana, potetalco, boquesoplete, ojebluyín, caremartillo, veneneyuca, ratemuelle, gorditiesa, ustedes no están solos.
ADOLFO EL MAESTRO
Lees La invención de Morel. Lees El sueño de los héroes. Buscas La trama celeste y terminas sacando la única conclusión que puedes sacar: Bioy Casares es un monstruo, un genio. No es que te pase eso que les pasa a algunos escritores cuando leen obras que a ellos les habría gustado escribir. No. Con Bioy Casares no te pasa eso. Con él no porque a ti no te interesa escribir literatura fantástica y porque, claro, Bioy Casares fue un genio y tú apenas has logrado que la gente medio se ría con algunas de las cosas que escribes… Pero bueno, en estos días leíste El sueño de los héroes y te divertiste como sólo te puedes divertir leyendo una novela tan rara como perfecta.
¿Cómo no pensar que El sueño de los héroes se caracteriza por su rareza y su perfección, si trata sobre un sujeto que confunde una premonición con un recuerdo? Porque Emilio Gauna, protagonista de esta obra, hace eso: trata de reconstruir un hecho borroso que en realidad no vivió, que cree recordar y que en verdad vivirá en el futuro. ¿No es una belleza?
Sobra decir que la novela es impecable que mezcla una historia de amor con las andanzas de un grupo de buenos para nada que pasan la vida de bar en bar y de ginebra en ginebra. Inquieta la delicadeza de Bioy al narrar la normalidad de los días de Emilio Gauna, de Clara, de Larsen, del doctor Valerga y de la Buenos Aires de finales de los años veinte. Esa minuciosidad a la hora de narrar el detalle cotidiano donde aparecen la bombilla, el mate y las galletas, le hace un contrapunto perfecto al único y contundente evento fantástico que ocurre en la novela. Lograr un equilibrio tan preciso entre las fuerzas de la realidad y del misterio es cosa de maestros, de maestros como Adolfo Bioy Casares.
LOS INSULTOS TELEPÁTICOS
Cuando la cajera le dice el monto que debe pagar, la señora Josefina saca un fajo enorme de billetes y un talonario de Cestatickets. La muchacha cuenta el dinero y al final le dice a la señora:
—Faltan treinta bolívares, mi amor.
Josefina revuelve su cartera; convierte su mano en un submarino que viajará hasta las profundidades más insondables de su bolso y nada. Los treinta bolívares no aparecen.
Mientras tanto, en la cola, un gordito oye Death Magnetic en su ipod y no le importa nada. Él está fuera del tiempo. Sin embargo, un señor con cara de chicle y una mujer adicta a la nicotina comienzan a mirar feo a Josefina. Falta poco para que de las miradas pasen al chasqueo y luego a los comentarios irónicos sobre por qué la gente no sale de su casa con una tarjeta de débito.
Josefina permanece impertérrita buscando los treinta bolívares. Ella intuye que, aunque ninguno de los que esperan su turno pronuncie palabra, la están maldiciendo en silencio. Josefina siente el eco de las groserías silenciosas en su oído medio. La telepatía de los insultos existe. La señora que sondea el fondo de su cartera lo sabe. A eso, en su época, lo llamaban «mal de ojo» y, si le caía a un niño, podían malograrlo a punta de telepatía maligna.
Josefina sigue buscando; consigue un trío de Certs viejos envueltos en su empaque original ya roto; además encuentra el talonario de una chequera de 1977 y un escapulario del Señor del Veneno. A la mirada silenciosa de la gente que hace la cola, se ha sumado la mirada de la cajera. En el cerebro de Josefina también retumban los denuestos telepáticos de esa chica que debería depilarse los bigotes porque parece Capulina.
La señora ha pasado minuto y medio con la mano dentro de la cartera. Por fin encuentra lo que andaba buscando: cuatro o cinco billetes dentro de un sobre amuñuñado con una liga naranja. Cuando saca el pequeño paquete, los insultos de la gente (incluidos los de Capulina) ya se escriben en el aire. Nadie los ve, pero están ahí. Por eso, mientras paga, Josefina se voltea hacia la mujer adicta a la nicotina y hacia los demás en la cola y les sonríe al tiempo que les nombra la madre y les devuelve maldición por maldición en silencio... Al gordito no. El gordito sigue oyendo Death Magnetic en su ipod y, como Josefina lo ve en trance, no lo maldice.
El muchacho mete las bolsas en la maleta del carro; hay un momento en el que tiene que correr detrás de tres latas de sardinas que salen rodando por el suelo oscuro. Josefina le entrega unas monedas al joven, se monta en su auto y arranca. Cuando se encuentra en la caseta para pagar el estacionamiento, entrega el ticket.
—Dos con sesenta.
Josefina mete la mano en la pequeña gaveta del tablero donde siempre guarda el sencillo. No hay dos con sesenta ahí. Su mano vuelve a ponerse el traje de buzo. Afuera los carros comienzan a alinearse detrás del suyo. Los insultos silenciosos vuelan como saetas a su alrededor, se clavan en la carrocería de su Malibú, en las paredes de la caseta de pago, en la baranda mecánica, en el techo del estacionamiento y en todas partes.
Los dedos de Josefina se topan con Han Solo. Sabrá Dios desde cuándo está ese muñeco ahí. Tiene tiempo sin ver a su nieto. Piensa que cuando llegue a su casa, lo llamará…
Los insultos dejan de ser mudos. Las cornetas truenan malquistadas y le ponen música a la ola de ataques sucios que poco a poco dejan de ser telepáticos.
—¡Muévelo, vieja! —Oye que le gritan.
Josefina encuentra el sobre de la liga naranja. Sólo quedan dos billetes. Toma uno, lo estira y paga. Mientras espera su vuelto, se mira en el espejo, observa que no se le ha corrido el maquillaje, se peina con los dedos, se baja del auto y les dibuja su mejor sonrisa a todos los que hasta ese momento han acompañado con las cornetas de sus carros los insultos telepáticos que le han prodigado a una señora de bien.
DAMAS Y CABALLEROS
Queridos amigos, desde mañana estaré en Bogotá participando en el Festival VivAmérica. Prometo hacer quedar bien a la patria doquiera que vaya (aunque a ella no le importe).
SUPERMAN, EL HÉROE VIRGEN
Superman anda para arriba y para abajo vestido de Superman. Todos lo sabemos. De George Reeves para acá, todos lo hemos visto. Así que sobran los chistes sobre su vestimenta… Nada más que para que no digan que no tocamos este asunto, sepan que los uniformes de los superhéroes de las historietas fueron diseñados así, con esos colores estrambóticos, por una necesidad editorial. Cuando se masificaron las historietas, las imprentas del mundo entero no tenían la capacidad que tienen hoy en día para hacer milagros y mezclar a diestra y siniestra los diferentes pigmentos. En su momento, sólo existía la posibilidad de trabajar con colores planos, cosa que le exigía a los artistas unas pautas muy rígidas que, en el caso de los protagonistas de esas historias, se resolvían con esos uniformes llenos de calzoncillos por fuera de los pantalones.
Pero bueno… Decía que Superman es Superman y que todos lo hemos visto volando, deteniendo balas, derritiendo montañas enteras con su supermirada, cargando edificios y destruyéndole los planes a todos sus enemigos malos. En estos días, Alex Goncalves hizo una bella pregunta: ¿por qué cuando Superman le da un carajazo a un tren, lo parte en dos, lo descarrila, lo muele y lo explota, mientras que cuando le da un bofetón a Lex Luthor, no pasa nada? Es cierto: nadie ha visto los sesos del calvo malvado volando ante el tatequieto del hijo de Jor-El. O sea que Superman puede controlar sus fuerzas a unos niveles que uno ni se imagina.
Al final de Kill Bill, Bill hace una bella reflexión sobre Superman; dice que, al disfrazarse de un tipo tan gris como Clark Kent, el héroe de Kripton está mostrando cómo ve en verdad a los seres humanos. Esa idea es interesante, pero sólo puede venir de una mente podrida como la de Quentin Tarantino. Nosotros preferimos pensar que los seres humanos de Metrópolis son imbéciles al no darse cuenta de que Clark Kent es Superman, pero con lentes, y, claro: Superman es un perfecto lelo al creer que unas gafas son tan efectivas como una máscara para ocultar su identidad… En ese aspecto, la historia del hombre de acero es un cuento en el que todo el mundo es estúpido… tal y como es la vida misma. Si no lo creen, asómense a la calle y vean cómo la estupidez se ha apoderado de todo.
Superman es un héroe que no está de moda porque no es irónico ni tiene una personalidad tan oscura como la del Batman de Frank Miller. Su verdadero drama es que no sabe cómo hacer para que su relación con Luisa Lane prospere. Eso parece atormentarlo más que su Kripton natal haya estallado con todo y sus padres o que su planeta adoptivo contenga más malandros que gente. El verdadero problema de Kal-El (como se llama Superman de verdad) es que quiere algo con Luisa, pero no puede… O puede, pero no sabe qué… O sabe qué y puede, pero no halla cómo… Sea como sea, Superman, dale gracias a Dios (entre paréntesis: ¿a qué dios adoraban en Kripton?) porque Luisa Lane no se te ha convertido en una esposa fastidiosa de ésas que quieren cambiar de muebles a cada rato o mudarse a otro apartamento o comprarse un juego de sábanas y cubrecamas «buenísimos» en Beco… Da gracias, Superman, porque no has resuelto eso que no has resuelto con Luisa Lane para no tener que buscarle agua o hacerle un sándwich a las once de la noche, cuando estás a punto de dormirte, o tener que ayudarla a barrer y a pasar coleto porque la muchacha que trabajaba en tu casa, se fue sin siquiera decir adiós.
En fin, que el mejor homenaje a Superman, en sus sesenta años, no es ver Smallville ni hacer el chiste de que Christopher Reeve se cayó de un caballo llamado Kriptonita… Es amarrarse un paño al cuello y salir en interiores por toda la casa gritando que eres el hombre de acero.