«We are screaming for vengeance.
The world is a manacled place.
Screaming, screaming for vengeance,
the world is defiled in disgrace»
El auto nuevo
La silla de ruedas
Después de haber sacado —no se sabe de dónde— un revólver y de haber cosido a tiros a los dos gamberros que le robaron su silla rodante a un pobre infeliz y trataron de asesinarlo a él, que no era más que un pobre viejo tan inocente como el tullido, Papi Adriano encendió su pipa, se apoyó en su Ford y se quedó de lo más tranquilo esperando a las autoridades.
Evel Knievel era un showman norteamericano que en los años setenta, iba por todos los Estados Unidos en su motorhome organizando espectáculos multitudinarios en los que saltaba con su moto sobre autobuses o entre aros incendiados. Evel Knievel tuvo mucho éxito montado sobre su motocicleta vestido con una capa que tenía los colores de la bandera norteamericana.
Lo más notable que ha hecho Gerson Álvarez, el Evel Knievel venezolano, fue saltar desde el estacionamiento del Centro Plaza hasta el estacionamiento del edificio Mene Grande, en Los Palos Grandes. Pronto, cuando las autoridades le den el permiso, Gerson saltará entre las dos torres del Parque Central.
Como casi todos los mortales, Mario Vargas Llosa tiene (por lo menos) dos caras: una ceñuda, severa, austera y doctoral; la otra risueña, satírica, apasionada y hasta burlesca. Con el primer modelo de cara, don Mario ha escrito obras prodigiosas como La guerra del fin del mundo, La casa verde, Conversación en la catedral, La orgía perpetua, García Márquez: historia de un deicidio, La tentación de lo imposible, Diario de Irak y La fiesta del chivo, entre otras muchas que le fascinan a un público ávido de cosas serias, de análisis políticos, históricos y sociales intervenidos por lo literario. Con el segundo modelo de rostro, don Mario ha escrito otro tipo de obras que no les gustan tanto a esos «lectores serios»; terminan acusándolo de frívolo o de decadente. Tales invectivas proclaman de novelas como Elogio de la madrastra, Los cuadernos de don Rigoberto, La tía Julia y el escribidor y de quién sabe de cuántas obras más porque esa gente no tiene límites a la hora de expresar sus ojerizas.
Hoy supimos de la existencia de una nevera fantasma que anda de estacionamiento en estacionamiento, asustando tanto a los empleados como a los que vienen a aparcar su automóvil.
Sobre las amadas cenizas, siempre triunfante, siempre terrible, cual un ángel de exterminio con una espada de fuego, guardando las puertas de todo lo amable, en lugar de la desgracia como castigo, nos ha quedado el énfasis. Teresa de la Parra
