domingo, julio 30, 2006

PARA ESTOS DÍAS LLENOS DE ODIO...

«We are screaming for vengeance.
The world is a manacled place.
Screaming, screaming for vengeance,
the world is defiled in disgrace»

viernes, julio 28, 2006

LOS MUERTOS DE PAPI ADRIANO

El auto nuevo
Don Adriano Cortés, estaba en un concesionario automovilístico decidiendo si se compraba o no un Ford nuevo. De pronto, sentado al volante, vio cómo el obrero, que hasta ese momento había estado barriendo el lugar, soltó la escoba, empuñó un arma que llevaba escondida en algún bolsillo de su uniforme, disparó contra el vendedor que le mostraba el auto a Papi Adriano, abrió la puerta del carro nuevo, se sentó a su lado, le dio la llave y le dijo: «enciéndelo y no preguntes nada». Papi Adriano hizo lo que el conserje le había pedido, pero cuando sacaba el Ford del concesionario, apretó el acelerador a fondo y se estrelló contra un auto de policía que pasaba por esa calle a esa hora.

La silla de ruedas
Un día el viejo Adriano iba con su Ford Sedán viejo y, esperando la luz verde en una esquina, vio cómo del Mercury que llevaba adelante, se bajó un gamberro que, sin mediar palabra, le robó la silla de ruedas a un pobre tullido que pretendía cruzar la calle. El hombre imprecó, maldijo y mentó madres desde el suelo, mientras el grandísimo hijo de puta volvía al auto muerto de la risa con el ignominioso trofeo. Aquella imagen, por supuesto, indignó a Papi Adriano y lo predispuso al heroísmo. De ahí que acelerara su Ford Sedán y golpease por detrás al Mercury del que se bajó el conductor con una oscura Beretta en las manos.
Después de haber sacado —no se sabe de dónde— un revólver y de haber cosido a tiros a los dos gamberros que le robaron su silla rodante a un pobre infeliz y trataron de asesinarlo a él, que no era más que un pobre viejo tan inocente como el tullido, Papi Adriano encendió su pipa, se apoyó en su Ford y se quedó de lo más tranquilo esperando a las autoridades.

miércoles, julio 26, 2006

EL CULTIVO EN MARTE

Alexander Calderón tenía el aliento más horrible que pudiera existir. Más de 15 médicos trataron de diagnosticar la causa de aquella halitosis propia de dragones sulfúricos, y ninguno logró dar con la razón biológica de tan podrido olor que salía de la boca del muchacho. Odontólogos, gastroenterólogos, psicólogos, veterinarios, médicos forenses y hasta brujos fracasaron en su intento. Todos hacían los análisis pertinentes y terminaban rascándose las calvas porque no encontraban nada anormal en el cuerpo menudo del paciente.

Pasó el tiempo y Alexander Calderón se encontraba desconsolado. Cada vez que se levantaba por la mañana debía correr las cortinas y amenazar con un palo a los tres o cuatro zamuros inocentes que se paraban en su balcón. Ellos creían que el mal aliento de Alex era un animal muerto que pronto comerían.

Una tarde Alex recibió la llamada de un tal Dr. Bloom. El médico le dijo que estaba interesado en su caso y que le gustaría examinarlo, por eso le dio una dirección y le dijo que lo visitara en la brevedad posible. Alexander hizo caso. No tenía nada que perder. Quizás aquel doctor extranjero sí daría con el remedio para su terrible mal. Era una pequeña esperanza.

Alexander Calderón por fin visitó a la eminencia gringa laurada con trescientos diplomas grandes y chiquitos colgados en su lujosa oficina de Parque Cristal. Bloom le hizo un montón de exámenes. A los tres o cuato días llamó nuevamente a Calderón para decirle que su mal aliento no tenía remedio, pero que él tenía una propuesta que hacerle...

Alex quedó sorprendido. El científico le dijo que pronto la Nasa lanzaría otra misión a Marte. Habría otro robot Pathfinder y se harían nuevos experimentos. Bloom le dijo que la Nasa estaba muy interesada en su mal aliento y que si él lo permitía ellos querían llevarse a Marte muestras de su hediondez bucal.

Al principio Alex se sintió indignado, pero al oír la suma que le pagarían por simplemente soplar en unos potecitos de compota, se dejó de tonterías. «A un hombre con billete no le huele mal nada», se dijo.

Y así fue cómo la sonda norteamericana amartizó sobre el planeta rojo cargando consigo nueve muestras de mal aliento terrícola tomadas de un sólo ser humano. Al tercer día de misión, las pinzas a control remoto del robot Pathfinder destapaban en Marte el primero de los potecitos que contenían la pudrición bucal de Alex Calderón.

Las cámaras del cohete y del carrito hicieron tomas que sorprendieron y crisparon los pelos de los científicos en Houston. Pronto, ante sus pantallas, los hombres de ciencia vieron que la superficie de Marte se cubría de chayotas.

viernes, julio 21, 2006

EL EVEL KNIEVEL VENEZOLANO

Evel Knievel era un showman norteamericano que en los años setenta, iba por todos los Estados Unidos en su motorhome organizando espectáculos multitudinarios en los que saltaba con su moto sobre autobuses o entre aros incendiados. Evel Knievel tuvo mucho éxito montado sobre su motocicleta vestido con una capa que tenía los colores de la bandera norteamericana.

Pues bien… hace unos meses surgió en Venezuela el Evel Knievel venezolano; se llama Gerson Álvarez y es el motorizado de la empresa «Representaciones Fracamarca C.A.».

Gerson Álvarez va con su moto tres cincuenta esquivando el tráfico caraqueño, llevando y trayendo documentos, recibos y facturas en un maletín de dos kilos repleto de papeles. Cuando la jornada laboral de Gerson Álvarez culmina (después que ha sido detenido tres o cuatro veces al día por la policía), otro Gerson Álvarez sale a flote… Gerson se va con su motocicleta al estacionamiento de «Representaciones Fracamarca C.A.», les cobra a los vigilantes, secretarias, gerentes, curiosos y afines, y comienza a hacer piruetas con su moto: caballitos con la rueda de adelante o con la rueda de atrás, se encarama sobre una rampa y brinca un autobús y cuatro carros mal estacionados.Lo más notable que ha hecho Gerson Álvarez, el Evel Knievel venezolano, fue saltar desde el estacionamiento del Centro Plaza hasta el estacionamiento del edificio Mene Grande, en Los Palos Grandes. Pronto, cuando las autoridades le den el permiso, Gerson saltará entre las dos torres del Parque Central.

Y ya viene Gerson con su hijo Gersoncito a continuar la saga de los motorizados estrellas.

Gerson Álvarez, el Evel Knievel venezolano, es un orgullo para los miembros de «Asomotorizadoven» y para todos los venezolanos.

martes, julio 18, 2006

EL ÁVILA ES UN MONSTRUO VERDE

El Ávila es para los caraqueños como esos seres extraños que aparecen en los suplementos y que se caracterizan porque, dependiendo de cómo los agarres, son buenos o malos, te ayudan o te hunden en el horror. Así son nuestro Ávila y Hulk, el hombre increíble; un día son fuente de alegría y otro de sufrimiento, que lo diga Marisol, la belleza que se puso sus zapatos de goma y sus licras apretadas para subir el cerro y allí mismo, en uno de sus recovecos, encontró a la muerte disfrazada de vestiglo violador.

El Ávila es, a la vez, un gigantesco pulmón verde y una enorme pared cubierta de árboles hermosos que nos impide a los caraqueños que se nos pierdan la vista y el pensamiento en el horizonte... Tal vez eso explique porqué este país es como es. Si los habitantes de su capital no logran que sus mentes se pierdan en el horizonte, ¿cómo podemos pedirles a los venezolanos que pensemos en el futuro, que seamos previsivos y que usemos el seso para gestionarnos una vida mejor? El Ávila es muy bonito, pero es la materialización más rotunda y contundente del afán de los habitantes de esta comarca por vivir el hoy, el aquí y el ahora sin pensar en el mañana y en más nada. Cuando estás en Caracas y vas a pensar en el futuro —¡PUM!—, tu vista choca contra Hulk. Cuando vas a planificar la semana, el mes, el año que viene —¡PUM!—, tus ojos se topan con la criatura verde que está atravesada entre tu cuerpo y ese lugar donde viven las ideas que hacen que uno sea feliz.

El Ávila, junto al río Guaire, conforman los hitos según los cuales se erigió la pequeña y deslucida metrópolis que hoy es Caracas. Esa organización quizás sea racional y nos brinde la oportunidad de vivir en un espacio donde parece fácil orientarse. Sin embargo, en este presente lleno de balas y cacasenos, comprobamos a cada momento que nuestra ciudad se ha desbordado y que el caos con el que ha crecido terminó por enfrentarla a su propia geografía, lo cual hace que el Ávila espere con paciencia infinita a que lo invadamos o a que llueva como sólo llueve en Caracas para él cobrarse el terreno que le han quitado.

Nuestro cerro poderoso es bueno y malo a la vez; unos lo disfrutan subiendo en teleférico o a pie y otros lo padecen cuando llueve y cede el terreno y se forman cárcavas y hay derrumbes que matan a la gente o, por lo menos, hacen que surfee, no sobre una sola tabla, sino sobre su propia y entera casa.

El Ávila es nuestro monstruo verde, nuestro Sr. Hyde de clorofila y barro; es la representación nada obscena de eso que somos los venezolanos: alegría, infinito verdor, luz, paz y esperanza, pero también algo difícil de definir ligado al mal que acecha, que espera el momento menos oportuno para salir a la luz dispuesto a acabar con todo, incluso con nuestra vida. ¿Qué otra cosa es el omnipresente esperpento con el que convivimos en esta era de oprobio?

Lo más grandioso de nuestro Ávila es eso mismo: que permanece allí, monumental, silencioso, imperturbable, ante ese amasijo de pólvora al que los caraqueños llamamos, con siniestra candidez, «vida», y nada ni nadie lo moverá de su lugar jamás. Pasarán mil generaciones, pasará el enjambre de los humanos, pasarán los incendios, los desmanes, los locos y los sinvergüenzas, pero el Ávila seguirá ahí, mostrándose como lo que es: un monstruo perfecto que vivirá siglos y mirará sin importarle el curso del tiempo hasta que los relojes de arena se disuelvan y se conviertan en nada.

lunes, julio 17, 2006

¿QUÉ CARA PONE VARGAS LLOSA CUANDO ESCRIBE?

Como casi todos los mortales, Mario Vargas Llosa tiene (por lo menos) dos caras: una ceñuda, severa, austera y doctoral; la otra risueña, satírica, apasionada y hasta burlesca. Con el primer modelo de cara, don Mario ha escrito obras prodigiosas como La guerra del fin del mundo, La casa verde, Conversación en la catedral, La orgía perpetua, García Márquez: historia de un deicidio, La tentación de lo imposible, Diario de Irak y La fiesta del chivo, entre otras muchas que le fascinan a un público ávido de cosas serias, de análisis políticos, históricos y sociales intervenidos por lo literario. Con el segundo modelo de rostro, don Mario ha escrito otro tipo de obras que no les gustan tanto a esos «lectores serios»; terminan acusándolo de frívolo o de decadente. Tales invectivas proclaman de novelas como Elogio de la madrastra, Los cuadernos de don Rigoberto, La tía Julia y el escribidor y de quién sabe de cuántas obras más porque esa gente no tiene límites a la hora de expresar sus ojerizas.

No me negarán que imaginarse qué cara pone Vargas Llosa para escribir sus obras es un bello recurso para clasificarlas mientras nos tomamos una cerveza con los amigotes. Sin embargo, y aunque nuestro método sea de una puerilidad devastadora, bien valdría la pena preguntarse qué cara puso don Mario mientras escribía Las travesuras de la niña mala, su novela más reciente, y esto porque es una obra de apariencia ligera y amable que termina, por la maestría innegable de su creador, revolcándote de tristeza a pesar de haber leído cientos de páginas donde abundan situaciones eróticas y brillan unos diálogos llenos de humor, de ingenio y de vitalidad. Esto, aunque Uds. no lo crean, nos ayudará a desentrañar el misterio que nos hemos propuesto descifrar. Veamos por qué.

En primer lugar, Las travesuras de la niña mala es una novela plena de situaciones y de personajes que no esconden elementos simbólicos. Lo que lees, es, y ya, lo cual nos lleva a pensar que estamos hablando de una novela realista, término éste que en el caso de Vargas Llosa adquiere una significación especial porque nos remite de inmediato a Flaubert, a Balzac, a Leopoldo Alas, a Dumás y al mismísimo Dostoievsky; es decir: a los mentores literarios y espirituales de don Mario.

¿Que qué elementos sostienen semejantes afirmaciones? Pues muy sencillo: si a ver vamos, la niña mala que cambia de identidad e igual se hace pasar por chilenita, por guerrillera, por esposa de un funcionario de la Unesco, por conyugue de un criador de caballos en Newmarket, por dama de compañía de un japonés sádico, por mujer de mundo que revolotea por aquí y por allá, es un personaje signado por una voluntad indoblegable que la convierte en un ser capaz de hacer hasta lo inimaginable por trepar y mantenerse en el penthouse de la sociedad para disfrutar de sus fulgores y no tener que sufrir nunca más los rigores indescriptibles de la pobreza. Un personaje con semejantes características y en medio del contexto sugerido en este análisis, no hace otra cosa que remitirnos a los inescrupulosos trepadores de nuestro imaginario: a Rastignac, a Julian Sorel, a Barry Lyndon y hasta a aquel personaje interpretado por Mariela Alcalá, cuya voracidad volvió loco al personaje de Raúl Amundaray y lo apartó de la dulce compañía de Lupita Ferrer en Cristal.

Y ahora que acabamos de cometer el abuso de recordarles a los lectores no sólo la existencia de las telenovelas, sino su relación con la novelística del siglo XIX, bien vale la pena decir que, como en los novelones decimonónicos, en Las travesuras de la niña mala hay toneladas de melodrama. Si quieren muestras de ello, piensen en la galería de personajes que puebla la obra, recuerden al niño que no quiere hablar, al guerrillero gordo e idealista, al Trujimán enamorado de una abogada japonesa, a Marcella la escenógrafa italiana, a Arquímedes el constructor de rompeolas y, por sobre todos a Ricardo Somocurcio, el galán y muchacho bueno de la historia, cuyo amor incondicional e inconmensurable por la niña mala, por la mujer escurridiza que siempre lo deja con los crespos hechos, nos hace recordar, a lo lejos (eso sí), al Alfredo de La Traviatta o al celoso don José de Carmen. Si quisiéramos solazarnos un poco más en el tema del melodrama, observemos el final de esta novela y pensemos en cómo terminan los grandes arribistas de nuestro imaginario cultural… Pensemos en la soledad de unos, en la degradación moral y en la pérdida de miembros o en la muerte de otros… Perdonen que les refresque la memoria, pero el personaje de Mariela Alcalá en Cristal terminaba con cáncer en uno de sus pechos, y esa circunstancia fue lo único que hizo que la pérfida aceptara su amor por el bombero que interpretaba Félix Loreto, el Ricardo Somocurcio de aquel drama televisivo… Pero mejor pasemos a otra cosa porque nos estamos poniendo escabrosos… Mejor terminemos este artículo respondiendo la pregunta que lo preside: ¿qué cara pone Vargas Llosa cuando escribe? Pues, como hemos visto, depende. Depende de la obra a la que dedica sus desvelos. En ésta que hoy comentamos, don Mario puso cara de hombre de mundo, de persona que conoce como la palma de sus manos París, Londres, Madrid y Lima; cara de lector incansable que trata no sólo de homenajear, sino de seguir e imitar un siglo después la obra de sus maestros; cara de Balzac, de Flaubert, de Thackeray, de Stendhal, de Víctor Hugo y de todos esos grandes novelistas a quienes el tiempo convertirá en sus pares.

viernes, julio 14, 2006

LA NEVERA FANTASMA

Hoy supimos de la existencia de una nevera fantasma que anda de estacionamiento en estacionamiento, asustando tanto a los empleados como a los que vienen a aparcar su automóvil.

La nevera fantasma en cuestión tiene un candado que impide que se le abra la puerta. De ahí que muchos crean que dentro de ella haya un entierro con todo y morocotas congelándose por toda la eternidad.

Los que hablan de este ectoplasma piden con insistencia sepultura, agua bendita y un técnico para arreglar esta nevera fantasma.

Como les dijimos al principio, esta nevera se aparece en los sótanos de los estacionamientos. Mucha gente dice que es imposible que una nevera se materialice así como así y que ésas son visiones que les produce el dióxido de carbono que emana de los tubos de escape a las personas que pasan mucho tiempo metidas en un sótano.

Paz a la nevera fantasma.

jueves, julio 13, 2006

CARACAS ENTRE EL INTIMISMO BARROCO, EL IMPRESIONISMO Y EL HEAVY METAL

por Israel Centeno
Sobre las amadas cenizas, siempre triunfante, siempre terrible, cual un ángel de exterminio con una espada de fuego, guardando las puertas de todo lo amable, en lugar de la desgracia como castigo, nos ha quedado el énfasis. Teresa de la Parra

Si te preguntan de sopetón, como lo hace la muerte, en qué coincide el universo de Roberto Echeto con el de Francisco Massiani, de inmediato te pondrás en guardia y pensarás que la muerte o el aburrimiento de un inoportuno fisgón andan ociosos e inteligentes, explorando las telarañas o los hongos de sus partes húmedas. Te dirás, me están tendiendo una trampa y eso que no estoy sentado detrás un panel a cargo de una conferencia frente a un público majadero e inquieto; ni siquiera en la mesa de un bar rodeado por media docena de botellas de cerveza. Y para curarte en salud y evitar un desencuentro, pondrás ante tu interlocutor, una acotación ambigua, oye chico, pensándolo bien, hay algo.

No es una trampa ni el pensamiento afectado de un generador de gustos o de un impertinente infeliz; es una inquietud válida que pretendemos argumentar. Carecorcho y Maria Eugenia (la Ifigenia de Teresa de la Parra) expresan una tradición urbana e intimista, ellos deambulan por sus historias y se cuentan a sí mismos inmersos en un paisaje reconocible que siendo ciudad, trasciende hacia las contrariedades de aquel que la habita; trascendencia inversa y sigilosa; con su vector apuntando a la interioridad de los personajes; delimitada en el universo de quien se inicia en la vida adulta. Sigues pensando en la trampa, e insistimos; mira tú a Ismael, a Baba, a todos los malandros galantes de Echeto; ellos arman su educación sentimental, sienten su vida ocupada por una cadena de eventos ineludibles que no terminan por descifrar, se creen intérpretes de la razón inequívoca que los dibuja marginales, extravagantes, solitarios.

Si, si, si. Es en este preciso momento cuando sonríes, apruebas y piensas que debes seguirnos la corriente. Te acaricias el mentón y afirmas con movimientos nerviosos de cabeza, no das la razón, modulas.

En No habrá final hay una mirada íntima y cargante que se entronca con el paisaje urbano, decimos. No es la misma Caracas, pero es Caracas. Caracas hay muchas. Y en ésta no existe aquel Castelino de Piedra de Mar, se ha desplazado, o se lo ha tragado el arte de prodigar basura que cultiva el militarismo revolucionario, chatarrero y pop que nos acontece. La Florida, la Iglesia de La Chiquinquirá, la esquina por donde se alza el monumento a los pollos en brasa de los hermanos Rivera, la funeraria Vallés, el matadero de Los Manolos; el lugar donde comienza la aventura del Mustang azul, las peripecias, el equívoco, la lucha pueril, los desconciertos de aquellos desdichados aún más absurdos que la realidad entramada a La Florida de los héroes de Francisco Massiani, superpuestos a su vez a los personajes de Teresa de la Parra que van de paseo al Calvario. Todos corren en paralelo, o se cruzan, como tú y yo nos cruzamos, inseparables y desentendidos el uno del otro.

La ciudad de No habrá final sigue siendo verde; es boscosa, húmeda y tropical; quienes la protagonizan evocan a París o a Bruselas, lugares donde todo fue posible también para Maria Eugenia o para Ismael; allá, siempre en otra parte, los caraqueños han podido ser modernos, cultos y hermosos; alocadamente hermosos.

Al fin protestarás, es como para no aguantarse, Caracas es una fatalidad, trae de vuelta a quienes se van, los sacrifica, los enajena a su realidad hostil; en ella, Carecorcho, María Eugenia e Ismael se hacen adultos, resuelven sus dilemas, resisten e interpretan los códigos de sus existencias al filo de la boca del volcán donde han de ser sacrificados; y entonces preguntarás ¿y qué concluyes con todo este enredo? La novela de Roberto es truculenta y feliz en una ciudad pegajosa y triste. Ciudad cuartel. Ciudad motín, un fastidio de violencia, un entrompe continuo, gatos volando desde las azoteas de los superbloques, una profusión de sangre, vindicaciones inútiles y amores estériles. Ismael no se deja joder. La historia llega a su capitulo final y se restaura el orden. La novela no cierra con el discurso último de Ifigenia. Ismael da gracias a Dios, a las abejas y a Ernest Borgnine por haberlo favorecido, agradece haber recuperado su violín, tal como el Caraecorcho de Massiani, encuentra la gravedad en los brazos de Kika. Pero Ismael no se solaza. Celebra su triunfo y alardea de él aplicando violencia sonora a los vecinos: deben perder el sueño.

Ya nos habrás descubierto. Nuestros argumentos son elaborados, carecen de cordura, somos pretenciosos. Sin embargo, nos atrevemos a decir que el final feliz en la novela de Roberto Echeto es una ilusión, Ismael queda insomne porque quizá comprenda que su gesto ha sido inútil. En Piedra de mar o en Ifigenia escuchamos a la ciudad, un espacio abierto movido por el rumor de las cuatro estaciones de Vivaldi, mientras que en No habrá final la urbe es una concha acústica con algo de la danza de Kill Bill, muchos trombos y metales y la coral inaudita de la octava sinfonía de Mahler.

lunes, julio 10, 2006

EL INCREÍBLE PODER DE MIKE CONNORS TORREALBA

Un día Mike Connors Torrealba descubrió que tenía un poder especial para hipnotizar a la gente. Más de una vez utilizó su fluido hipnótico para hacer que las mujeres más bellas del mundo le regalaran sus dones.

Mike Connors Torrealba era un hombre feliz cuyo poder no lo había ensoberbecido. A pesar de contar con la sabiduría necesaria para mesmerizar a todo el que se le atravesara, este caballero de buenas maneras y trato afable no abusaba del don que la naturaleza le había dado. Así, Mike Connors Torrealba pagaba sus cuentas y se mantenía ejerciendo su profesión de contador público sin valerse del hipnotismo para manipular balances ni para engrosar sus arcas con una fortuna mal habida. Todo en Mike Connors Torrealba estaba tocado por la mesura. A veces, un sábado o un domingo por la tarde en los que el fastidio arreciaba, Mike Connors Torrealba usaba sus poderes para hacerse de una chica con quien pasar el rato comiendo helados, viendo televisión o yendo al cine. Con todo y eso, Mike Connors Torrealba las trataba a todas con la delicadeza debida.

Un día cualquiera, Mike Connors Torrealba andaba más fastidiado de lo normal. Por eso se fue al Zoológico de Caricuao y se puso a tratar de hipnotizar a los animales. La experiencia fue, en líneas generales, muy buenas. Pronto la gente vio a los leones bailando tap, a las culebras escribiendo groserías con su cuerpo, a los elefantes cantando fados... Sin embargo, el cataclismo llegó cuando Mike Connors Torrealba hipnotizó a los monos. Lo que comenzó como un bello juego se transformó en una extraña tragedia.

Mike Connors Torrealba estaba mesmerizando a los monos y cuando se encontraba en el punto máximo de concentración, le dio un infarto tan demoledor que ningún paramédico pudo salvarlo.

Eso hizo que los monos sufrieran un espasmo hipnótico ocasionado porque en el momento del infarto, el fluido mental de Mike Connors Torrealba fue más fuerte de lo normal, ocasionando que todos los monos se cayeran de sus árboles, de sus columpios y de sus cuerdas al mismo tiempo y murieran en el acto.

Los científicos de la Medicatura Forense aún se rasgan las vestiduras al no encontrar una explicación que justifique la muerte súbita de un hombre, diecinueve monos, un gorila y tres mandriles al mismo tiempo.

Este misterio se unirá a otros cientos de misterios de la humanidad.

Paz a los restos de los monos y nuestro sentido pésame a la familia de Mike Connors Torrealba.

domingo, julio 02, 2006

LOS VENTILADORES DE JACK

Jack Gutiérrez es un señor muy digno y muy normal que tiene una esposa y dos hijos. Jack Gutiérrez vive feliz de la vida en un apartamento de 3 habitaciones en Chuao. Sin embargo, Jack Gutiérrez tiene una doble vida. Nuestro personaje es dueño de otro apartamento en El Marqués, pero, no vayan a pensar mal de Jack...

Jack Gutiérrez no tiene ese otro apartamento para mantener a alguien fuera de su familia… Uds. comprenden... Dentro de todo, Jack Gutiérrez es un hombre correcto que tiene sus manías como todos los seres humanos. El defecto de Jack, el que le hace tener ese otro apartamento a espaldas de su mujer, es que tiene como hobbie coleccionar ventiladores. Como no tiene dónde ponerlos en su casa, se compró otro apartamento.

Jack Gutiérrez tiene 722 ventiladores en el apartamento de El Marqués. Para él no hay placer más grande que llegar a ese lugar los jueves por la tarde y encender al mismo tiempo los 722 aparatos que le brindan frescura.

En ese apartamento ubicado en el edificio Oripoto de la Avenida Sanz de El Marqués, Jack Gutiérrez tiene los 722 ventiladores, una nevera tipo cava, una hamaca y un televisor para ver las aventuras del Zorro todas las tardes. Con eso, el gordo Jack Gutiérrez es feliz.

Eso es para que Uds. vean que la alegría de vivir no tiene límites.